“Si Europa quisiera nadie se moriría en el Mediterráneo”

Gerard Canals, jefe de operaciones de Proactiva Open Arms, carga con dureza en esta entrevista contra el acuerdo Unión Europea-Libia y acusa a los guardacostas del país norteafricano de amenazar y hostigar a las pocas ONG que todavía trabajan en la zona

Desde este pasado fin de semana el barco de la ONG española Proactiva Open Arms está retenido en el puerto siciliano de Pozzallo (Italia). Tras más de 24 horas de incertidumbre y el rescate de 218 personas en el Mediterráneo la embarcación tocó tierra el sábado. Por el camino, la tripulación fue amenazada por los guardacostas libios y se mantuvo más de un día entero en altamar, con algunos de los migrantes rescatados en situación crítica. Tras conseguir la autorización por parte de las autoridades italianas, el barco logró entrar a puerto, donde se encontró con una sorpresa final: la Fiscalía de Catania acusa a los responsables de la tripulación de “promover la inmigración ilegal”, un cargo que podría conllevar penas de entre 4 y 7 años de prisión, según ha indicado este lunes Óscar Camps, co-fundador de la ONG.

Este es el relato del último episodio de hostigamiento sufrido por la ONG en el Mediterráneo Central, zona en la que trabaja desde hace un año y medio. Desde entonces, de acuerdo a las cifras facilitadas por la organización, han rescatado a alrededor de 26.000 personas de morir ahogadas en la que a día de hoy es la frontera más mortífera del planeta.

Gerard Canals, jefe de operaciones y co-fundador de Proactiva, explica en esta entrevista realizada a comienzos de febrero en Badalona, sede central de la ONG, cuál es el día a día de una de las tres únicas organizaciones que hoy se mantienen en la ruta que separa Italia de Libia. Critica sin ambages el acuerdo entre ambos países (posteriormente firmado también por el resto de Estados miembros de la Unión Europea, incluida España) para el control de este trozo del Mediterráneo, y del que ya se ha cumplido un año.

“En la última misión que participé [la número 39, realizada a comienzos de año] rescatamos a 905 personas. El primer día socorrimos un barco de madera en el que había 476. Terminamos este rescate y fuimos a otro, un barco de goma, que rondaba las 100. Íbamos en busca de dos esa tarde, pero del otro se encargó Sea Watch, otra ONG. De hecho tuvimos embarcadas a cerca 570 personas. Luego transferimos a unas cuantas al barco de Sea Watch, porque el nuestro no está preparado para tanta gente. Pero cuando teníamos que hacer el traslado completo, las condiciones del mar eran terribles. Estuvimos prácticamente tres días con unas 300 personas a bordo”.

Mientras se recoge el pelo en una coleta, Canals cuenta que la siguiente misión a la suya, la número 40, no hizo ningún rescate. “Fue misión en blanco”. Así son hoy las aguas que separan África de Europa. Cambiantes por el clima, por las decisiones de las mafias que trafican con migrantes y por las conversaciones de alto nivel entre países. “Estos días [primeras semanas de Febrero] ha habido negociaciones entre Libia e Italia. Pasaba igual cuando hablaban Turquía y la Unión Europea (UE). Siempre que hay este tipo de contactos se paran los flujos”. 

La ruta más mortífera

Las cerca de 300 millas náuticas que separan el sur de Italia de la costa libia son hoy la principal ruta de entrada para migrantes y solicitantes de refugio que tratan de tocar suelo europeo. También la más letal. La Organización Internacional de las Migraciones (OIM) ha reportado 7.200 muertes en estas aguas durante los dos últimos años. Se trata de simples estimaciones, advierten las organizaciones humanitarias. No hay datos fiables sobre el número real de muertes.

Durante la misión 39 Proactiva contabilizó tres fallecimientos más que sumar a esta lista. Uno de ellos el de un bebé eritreo de apenas tres meses que rescataron con síntomas de desnutrición y fiebre alta. La mala situación del mar y la falta de medios en este corredor del Mediterráneo condenaron al pequeño.

“Pedimos evacuación médica, pero nos pusieron a la cola porque había otras en marcha”, recuerda Canals. “Durante el rescate al barco de madera también recogimos a un bebé muerto. Y a un chaval que todavía tenía pulso; pero no se pudo hacer nada por él”.

Un año del pacto Italia-Libia

Las tragedias que hoy se viven en el Mediterráneo Central antes se relataban desde otros puntos del mismo mar. El acuerdo que sellaron a comienzos de 2016 la UE y Turquía bloqueó la ruta oriental para centenares de miles de personas que querían dar el salto a Grecia. Esta decisión no hizo otra cosa que trasladar el flujo hacia el oeste, con Libia como principal puerto de salida.

Si hasta entonces los migrantes rezaban para que sus botes tocasen tierra en una de las pequeñas islas del Egeo, desde ese momento la empresa se complicó aún más. Frente a ellos, un país, la Libia post-Gadafi, inmerso en una cruenta guerra civil y un mar más largo, más ancho, más peligroso.

En una especie de reedición del acuerdo turco-europeo, Italia y las milicias libias firmaron un primer acuerdo de cooperación a inicios de 2017 con un objetivo fundamental: que los libios logren controlar su litoral. Esto es, que impidan la salida de botes desde sus costas en dirección a Europa. A cambio reciben dinero, formación técnica y equipamiento.

––¿Qué se busca con este acuerdo?

––El objetivo es que ellos se puedan hacer cargo de la coordinación y la intervención en esta zona. Ahora esto lo hace Italia. Por eso les dan barcos y los forman. Pero si Libia se hace cargo, lo que van a hacer es devolver todos los botes a su territorio. Lo cual es ilegal: contraviene el Estatuto de los Refugiados [al que nunca se ha adscrito Libia]. No puedes devolver a la gente del sitio que está huyendo.

Botes hechos para no llegar

Cumplidos más de doce meses de este pacto, las cifras oficiales efectivamente reflejan una caída de las llegadas a suelo italiano. Pero el coste humanitario del tapón generado en Libia es altísimo. La CNN reveló en noviembre pasado cómo las mismas mafias que se lucran con los (intentos de) viajes a Europa hacen negocio también con la compra-venta de migrantes en terreno libio, muchos de ellos convertidos en esclavos.

Amnistía Internacional (AI) sostiene que los guardacostas del país norteafricano interceptaron en 2017 a unas 20.000 personas. La mayoría de ellas fueron devueltas a campos de detención “donde la tortura está muy extendida”, denuncia la organización. Aun con todo, muchos botes siguen saliendo. Por lo que las mafias adaptan su cada vez más limitada oferta a una demanda que no cesa.

––¿Qué tipos de botes os encontráis en los últimos meses?

––Ahora estamos viendo barcas completamente llenas de gente; barcas que se han construido para no durar. Las embarcaciones de goma no llegarían jamás a tierra, porque son una porquería. Las de madera podrían. El problema es que los mandan con poca gasolina, sin agua ni comida generalmente y sus ocupantes no tienen ni papa de navegar. 

Cuando un bote a la deriva supera las 12 millas que fija la jurisdicción libia y hay un aviso de socorro entra en acción el protocolo de rescate. De ello se encargan o bien una de las tres ONGs que aún operan en la zona o uno de los barcos militares de la Operación Sophia, el operativo que da soporte al pacto UE-Libia y en el que participa España, entre otros países.

A pesar de que la cooperación con las modernas fragatas de los ejércitos europeos (con más espacio y mejor equipadas para tratar a los migrantes en riesgo vital) es constante, desde Proactiva alzan la voz sobre la filosofía detrás de este despliegue:

“La [Operación] Sophia es una operación militar de inteligencia, que tiene sus mandatos, entre los cuales no está el salvamento. Sí que lo hacen, pero es importante el matiz. Porque cuando tienes el mandato para hacer algo te organizas para hacerlo. Y si de paso te encuentras a algún desgraciado ahogándose, les vas a ayudar. Pero su trabajo no es ese. Su trabajo es romper el modelo de negocio de los smugglers [traficantes], entrenar a los guardacostas libios y financiarlos…”.

Enfrentamientos con los guardacostas libios

El verano pasado algo cambió en el Mediterráneo Central. Pocos meses después de firmar el acuerdo con los gobiernos europeos, los guardacostas libios pasaron de potenciales aliados de las ONG durante los rescates a convertirse en su principal enemigo. Disparos al aire, amenazas y hasta un intento de secuestro del Golfo Azurro –uno de los barcos de Proactiva–, entre otros ataques, se han sucedido en los últimos meses. En 2016 habíamos tenido una cooperación bastante buena con ellos. (…) Ahora nos echan. No nos quieren frente a sus costas. A veces lo hacen de un modo más normal, pero otras es violento”, comenta Canals.

Este cambio de actitud y la inestabilidad de la zona ha provocado que varias ONG se retiren de estas aguas. Una de las que se mantienen, la alemana Sea Watch, denunció hace un par de meses la actitud “violenta e imprudente” de algunos guardacostas libios. Lo hizo tras publicar un vídeo en el que se veía a varios ocupantes de un barco de rescate golpear a migrantes e incluso empujarles de nuevo al mar. Este incidente concreto provocó la muerte de al menos cinco personas, según la ONG. 

“Los libios me han reconocido que a bordo de sus barcos no hay personal formado”, asegura Canals. El caos tras la caída del régimen de Muamar el Gadafi provocó que los futuros guardacostas aún en formación obtuviesen automáticamente su titulación. Así, en los barcos que controlan las milicias de Trípoli navega gente que, entre otras cosas, no habla inglés. “Algo insólito en aguas internacionales”, denuncian desde Proactiva.

“Las diferencias las hacen las decisiones políticas”

Canals coloca en el centro de la mesa un sencillo compás náutico que todavía almacena algo de arena sobre su superficie. Asegura que en ocasiones se los encuentran tras un naufragio o varados en el litoral. “¡Con esto los mandan!”, exclama indignado este curtido socorrista al que las playas de Lesbos (Grecia) le cambiaron la vida.

Junto a su hermano, otro compañero y Óscar Camps viajaron al otro extremo del Mediterráneo en septiembre de 2015, tras ver por televisión cómo las costas del Egeo se llenaban de cadáveres. Allí montaron el primer operativo de Proactiva Open Arms. Desde entonces, y hasta hoy, asegura.

––¿Por qué sois tan críticos con la Operación Sophia y el papel de Europa en esta crisis?

––El problema no son los barcos de Sophia. El problema es la concepción de la operación; y eso se decide en las oficinas. Si ellos quisieran, no se moriría nadie en el Mediterráneo. ¡Si no hay un centímetro cuadrado sin vigilar! No me creo que no sean capaces de controlar todo, todo lo que está pasando. Otra cosa es que se quiera… Si quisieran que no se ahogara nadie, nosotros no estaríamos allí. ¿Tú crees que la diferencia la tiene que marcar un barco de 40 años y cuatro taraos? La diferencia la hacen las decisiones políticas y con medios suficientes.

Gerard Canals en la oficina de Proactiva en Badalona. Foto: Pablo Jiménez

Texto publicado en Contexto.

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