Pere Ortín: “El viaje es la única manera de conocer a tu vecino”

Pere Ortín (Sagunt, 1968) habla sobre su manera de entender los viajes y sobre la revista que dirige, Altaïr Magazine, rodeado de libros. Sentado en una de las mesas del café que hay dentro de esta librería de Barcelona, referente en literatura viajera, en ocasiones mira fijamente el mapamundi que tiene delante. Lo hace sobre todo poniendo sus ojos sobre África, recordando países que ha conocido pero a los que no vuelve desde hace tiempo. Porque como dice el escritor Jorge Carrión, uno de los colaboradores habituales de Altaïr, viajar también es regresar a los lugares que uno ya ha visitado.

Ortín recibió hace seis años el encargo de refundar la revista de viajes editada por el grupo. La crisis había acabado con la anterior cabecera y tocaba darle una vuelta. De aquella reflexión salieron las bases de la nueva Altaïr, una publicación sobre “cultura viajera y crónica periodística para ir más lejos”, según reza en la portada. Un producto que combina una cuidada edición en papel con una versión digital pensada para varios formatos.

El último número (Contar(nos) el mundo. 32 miradas sobre la cultura y el viaje) es un compendio de textos, fotografías, collage, mapas y cuadernos de viaje. Que incluye además a algunas de las firmas más reconocidas del periodismo narrativo en castellano: Leila Guerriero, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, Ander Izaguirre o Rodrigo Fresán, entre muchos otros, ponen letra a sus páginas.

En esta entrevista Ortín hace un repaso al espíritu de la revista que dirige. Pero también a su manera de entender el viaje, como experiencia personal y alejada de “catálogos”. Y a su opuesto: el turismo empaquetado y sus efectos.  

Pere Ortín en la Gran Vía de Barcelona sujetando el último número de Altaïr Magazine. Foto: Pablo Jiménez

¿Qué es eso de la cultura viajera?

Es la idea de utilizar el viaje como herramienta para tratar de interpretar un mundo que es tan atractivo como complejo. Todo viaje, también el que emprendes al abrir un libro, al leer un buen poema, al mirar una fotografía, es cultura viajera. Una especie de detonador, de luz, de fuego, que te hace preguntas. Y con el que puedes desplazarte físicamente, o no.

Es lo contrario a lo que hace la industria del turismo: convertir el viaje en un fin en sí mismo. Compramos un paquete turístico, nos vamos a un crucero, llegamos a una isla, nos bajamos, compramos unos souvenirs, comemos, nos subimos al barco y nos devuelve a casa.

Defiendes que en un viaje te pueden pasar cosas buenas y malas, y que eso está bien. ¿Por qué?

¿Por qué pensamos que se podría conocer una cultura, un país, unas gentes sólo a partir de experiencias positivas? ¿A ti te pasan todo el día sólo cosas positivas? ¿Por qué pretendemos que en ese lapso de tiempo que dedicamos a viajar todas las cosas que nos sucedan sean positivas? ¿Verdad que parece estúpido?

Eso es lo que pretende la industria turística: abstraerte, meterte en una burbuja, ya sea en un hotel de lujo o en un trekking  y que sólo te pasen experiencias positivas. Me niego a vivir la vida de esa manera. Que me pasen también algunas cosas no tan positivas sirve para aprender de ese lugar en el que estoy, de esa gente con la que convivo, de esa comida que me dan. Porque sino no aprendería. Volvería a casa de la misma manera que me he ido.

¿No hay una parte burguesa o elitista en esa manera de entender el viaje? Hay mucha gente que carece del tiempo y los recursos para viajar así.

Estoy de acuerdo. Hay que protegerse del viaje burgués entendido como una mostración de supremacía intelectual o cultural frente a aquellos que no pueden viajar. Lo que sí creo es que, mientras no se demuestre lo contrario, el viaje es la única manera de conocer a tu vecino, a tu otro.

Africa está a 14 kilómetros de España. Alucinaríamos de la cantidad de españoles que no han pisado el continente africano. El ferry a Tarifa no sé cuántos euros vale… Si usted tiene realmente un interés en conocerlo, Marruecos está ahí al lado. O también puedes leer a Mohammed Chukri y aprender sobre Marrakech. O puedes ir a África leyendo la literatura africana contemporánea. O ir a México a través de Juan Rulfo.

Hay una idea de Marina Garcés interesante: muchas veces el anti-elitismo se convierte en sí mismo en un nuevo elitismo. Puedes viajar a La Mancha leyendo El Quijote. ¿Te vas a atrever a hacer el esfuerzo de leer a Cervantes? La edición de bolsillo vale 10 euros. Creo que viajar a veces es más fácil de lo que parece. Ese anti-elitismo muchas veces tiene que ver con la comodidad de construir un nuevo elitismo.

Al mismo tiempo, sueles decir que no te interesa esa discusión sobre qué es viajar y qué es hacer turismo…

No me interesa porque es un debate más o menos interesado. La industria del turismo es poderosísima. Estamos en un lugar que vive de esto. Por supuesto que yo no me opongo a ese concepto de turismo… Todos conocemos a gente que trabaja de esto. Lo que me molesta de cierta manera de entender el turismo es que construya a partir de sus necesidades, no a partir de lo que existe.

Y a esa industria millonaria sí que hay que decirle: las ciudades no pueden ser sólo un decorado para ustedes, tampoco la naturaleza, ni la comida de un lugar. Todo esto tiene implicaciones económicas, culturales, sociales, antropológicas.

Pero tampoco me interesan los que se ponen medallas. Estos tipos que cuentan países cuando viajan o que hablan de lo mucho que viajan…

Te has referido a la industria del turismo y a su oferta como un “catálogo de placeres posibles”. ¿Por qué?

¿Tú crees que si vamos a Venecia, sólo podemos hacer lo que dice la guía? Incluso en uno de los lugares más clichés del turismo, no encontraremos una mamma con la que hablar y que, en su veneciano particular, que no entendamos muy bien, nos echemos unas risas? Y eso sin ver los canales. ¿Por qué construir el viaje a partir de un catálogo de cosas?

Siempre pongo el mismo ejemplo: he estado varias veces en Egipto y no he visto las pirámides. Ahora, en el delta del Nilo conozco algunos lugares donde viven campesinos, increíbles. Yo no estoy en contra de ver las pirámides o Abu Simbel. Cada uno encuentra su experiencia estética, su epifanía, allá donde considera oportuno.

Esa manera de entender el viaje, como algo empaquetado y marcado, es además un desastre desde el punto de vista de la sostenibilidad.

Es que, en sí, el hecho de viajar no es necesariamente beneficioso ni para nosotros ni para los que nos reciben. Y no sólo por cuestiones medioambientales. Viajar de una forma ética tiene que ver con la postura con la cual tú te acercas a los otros seres humanos, cómo convives, duermes o analizas.

Pere Ortín en el exterior de la librería Altaïr, en Barcelona. Foto: Pablo Jiménez.

La gente que va al Caribe a los resorts, ¿con cuántos dominicanos que no le hayan servido habrá hablado a la vuelta de su viaje? ¿Usted le ha preguntado a esa señora cuántos hijos tiene, a qué se dedican, si viven cerca o lejos? ¿Usted ha hablado con alguien que no le haya servido los cafés? Ese es el peligro para mí.

Yo conozco medio mundo y nunca he conducido. Subes en un bus y te pasan mil cosas, sea en Mozambique o en Angola. En África unas, en EEUU otras, en Noruega otras…

¿Alguna otra idea para viajar de un modo más sostenible?

En un viaje cercano, en un país como este, ir en tren es una de sus maravillas. España tiene un sistema ferroviario impresionante. Igual con el consumo… ¿Por qué vas en Nueva York a esa marca de cafés que te cobra 5 dólares por tomarte uno?

Es bastante más sencillo de lo que parece. Hay un catálogo muy amplio de cosas e impactos positivos, pequeños, sistemáticos. Tenemos muchos condicionantes auto-impuestos. Cárceles en las que nos encerramos, sin barrotes. ¿Cuál es la diferencia entre comprar en un mercado y un supermercado? Cuando viajamos también se puede aplicar.

En más de una ocasión te has referido al trabajo que hacéis desde Altaïr con la etiqueta de “periodismo largo”. ¿En qué consiste?

Siempre digo una idea, que puede sonar pretenciosa pero que me parece razonable. Si la literatura es un lujo y el periodismo fuera una necesidad, Altaïr Magazine lo que haría sería un lujo necesario. En esa idea nos movemos.

Construir una cosa que sea estéticamente relevante, intelectualmente desafiante, periodísticamente seria, sólida, rigurosa, honesta… que te interpele con su belleza, con su amor, con el cariño con el que está hecho. Valores que para nosotros son importantes.

Si yo te pido que pagues por mi revista, te tengo que dar algo muy bueno. Porque sino nos sentiríamos deshonestos contigo. Intentamos construir crónica, interpelarnos sobre lo que sucede en el mundo y empaquetarlo en un tipo de formato más o menos largo, poco convencional a día de hoy, pero que consideramos relevante.

“Viajar para contar es, sobre todo, ver lo que está pero que nadie ve”, dice Leila Guerriero. ¿Para ti cómo debe ser una buena crónica?

Ella lo dice bien. Nosotros recibimos muchas propuestas de colaboración para publicar con nosotros. Es un orgullo. Pero te sorprenderías de lo iguales que son todas… Yo lo que considero relevante es esa idea que dice Leila. La condición es mirar y a partir de mirar, mirar bien y mirar de otra manera.

Ahí está la chispa con lo que se construye algo que es interesante, que es suficientemente atractivo para que nos planteemos publicarlo. Que intelectualmente te desafíe y te sorprenda con algún elemento que llame la atención. Que periodísticamente sea riguroso y que estéticamente te desafíe. Y luego que sea bonito, bello. Ahí está la clave de todo.

Luego los muy buenos, como Leila o Martín Caparrós, son capaces de interpretar la superestructura, casi atómica, del detalle. Ahí están los grandes. Donde tú y yo vemos una cosa, ellos ven otra radicalmente distinta, mirando al mismo lugar.

Nosotros hacemos periodismo desde los viajes, no periodismo de viajes. Las preposiciones de y desde son siempre muy relevantes. Desde donde tú te narras a ti mismo, desde donde tú tratas de acercarte a los demás, desde donde tú cuentas…

¿Cómo nació el nuevo Altaïr Magazine y cómo ha cambiado en estos seis años de vida?

El mercado de las revistas después de la crisis quedó semi-destruido. Esa crisis fue especialmente grave para aquellos que no somos necesarios. Y el viaje no es una necesidad.

¿La cultura sí?

Sí. Ahí está el punto: tratar de interpretar la cultura y el periodismo a través del viaje. Nuestro gran cambio tiene que ver mucho con esa idea. Somos una revista de cultura viajera, que incorpora ese cambio periodístico, ideológico, intelectual, que antes no se daba, con cariño y respeto a mis predecesores. Y también un cambio que tiene que ver con la posición de la mirada.

Cuando llego a refundar un poco el proyecto me planteo la pregunta ¿desde dónde se mira el viaje? Y por qué tú y yo, como blancos y occidentales, podemos contar al resto del mundo y el resto del mundo no nos puede contar a ti y a mí. Porque nunca pueden venir… y cuando vienen acaban en el CIE.

El señor, o señoro, blanco, occidental… lleva no sé cuántos cientos de años contando el mundo. En muchos, en la mayoría o en casi todos los casos, con abundantes imprecisiones, errores, con profundas incomprensiones, con ignorancias muy diversas, machismos… Lo que nos planteamos es tratar de cambiar el eje de la mirada a partir de la cual vamos a construir nuestro trabajo.

Una mirada también con balance de género. Eso forma parte de nuestro ideario de trabajo. El respeto por considerar esas cuestiones como importantes. Yo para hablar de Angola prefiero un angolano. Para hablar de Guinea Ecuatorial prefiero un guineano. ¿Eso pone en duda nuestro trabajo como reporteros que van por el mundo? Sí, hasta cierto punto.

¿Debemos hacer otras cosas y plantearlas desde otros lados? También lo tengo claro. El periodismo internacional tiene una base colonial muy fuerte. ¿Te imaginas lo que sería el Pirineo catalán explicado por un sueco o un noruego después de pasar tres en días en España?

Pere Ortín frente a la librería Altaïr. Foto: Pablo Jiménez.

Texto y fotos publicados en The Objective.

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